El boludo que se acordaba de todos los ruidos


-Ud. sufre de ecomnemes. Esas cosas que escucha Ud. solo son recuerdos que han quedado reverberando, por así decirlo, en su cabeza.

-¿Pero que dice? ¿que lo que entró por mis oídos sigue rebotando aquí adentro después de tantos años? Mire, cada tanto  escucho un tipo diciendo “¡Puje, puje!”, un bebé llorando y luego algo horrendo.

-¿Horrendo?

-Si. Unas mujeres cuchichean y dicen que “se parece a El Otro”.

Los recuerdos se van acumulando en su cabeza y poco a poco ya no puede escuchar la voz de su conciencia. Su mente es un batifondo, parece el ensayo de una orquesta juvenil de principantes en medio de una huelga céntrica. En su cabeza se mezcla todo: la risa de la mujer que amó, los ruidos de la fábrica donde trabajaba, un pesado del fútbol que siempre decía “pasala”, los disparos en las manifestaciones, los cubiertos apilándose de las pizzerías del centro, el bufido neumático de los colectivo. El tipo no aguanta más tanto ruido, deja de escucharse a sí mismo y pierde la conciencia de sí, la capacidad de reflexionar. Pero antes de volverse loco, se faja un tiro.Lamentablemente tiene la cabeza tan dura que la bala queda alojada adentro y queda medio tarado.

Asi que vive el resto de su vida de mierda con un sonido de disparo rebotando en la cavidad craneana.

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Encuentro con dolina

 

Hay muertos que son empadronados en partidos para sumar votos. Así se ganan muchas elecciones, acaso la mayoría. También hay el caso de los semimuertos como yo, que son afiliados sin saberlo. 
Así me paso con el Justicialismo. 
Hace un tiempo me llegó una citación para presidir una mesa por unas internas del PJ Capital . Enfurecido me dirigí a la unidad básica más cercana a mi domicilio. Cuando llegué al punto, un muchacho de pelo largo hablaba por movicom. “¡que locura, papa!” decía. “..re-putas… si, wimpas…y, todo por un plan trabajar..”. Me miró y me hizo un gesto de que espere. Luego continuó “¿…en las tetas? ¡Quehij!”. Cuando se dio cuenta de que la conversación me interesaba, le dijo a quien tenía del otro lado de la línea que lo llamaría después. Me miró y con una sonrisa se justificó mientras señalaba el celular “son los móvil que nos dan… son gratis”. Sin dejar pasar un segundo más (ese día comenzaba mis clases de origami), le describí mi problema. Se sorprendió “¿Pero como que no querés ser un muchacho de Perón?”. “no, no quiero. Soy anarco-ecologista y creo que la utopía es un trabajo de todos, todos los días”, le contesté con seguridad. “uh, otro que cree que no es Peronista!” me dijo con una sonrisa cómplice. “¿vos sabías todo lo que hizo Perón?”. “Sí” contesté “regaló juguetes y trajo gente del campo al cinturón de Buenos Aires… y perdió el testículo izquierdo, si no me equivoco”. Tomó un teléfono viejo y mientras discaba un número me dijo “Te equivocás; lo de los juguetes lo hizo Evita, el huevo era el derecho y los descamisados vinieron solos”. Le dije que si, pero que mi problema era otro. Mientras aguardaba a que lo atiendan, me hizo el gesto de que espere. Por fin lo atendieron del otro lado del teléfono. “¿Dolina? Acá tenemos a un universitario…”. No me dejó aclararle que nada más tengo una tecnicatura en vidrieras. Solo me dijo que, antes de darme de baja del peronismo (“cosa que es más imposible que desinstalar Explorer de Windows” , me aclaró), debía hablar con un Pai Justicialista llamado Dolina. Luego presionó un botón secreto en su escritorio y una puerta se abrió. Me invitó a ingresar por el acceso secreto. Atravesé un túnel oscuro y finalmente llegué a una oficina donde me esperaba el Pai Dolina sentado tras un escritorio y flanqueado por los cuadros de Evita y Juan Domingo. Merced a excesivas cirugías, su rostro parecía de cera. En sus cachetes henchidos en botocs se insertaban dos pequeños ojos fulgurantes. Su pelo ensortijado, parecido al de Shirley Temple, era un prodigio de la microcirugía capilar. Dejó sobre la mesa el rulero que tenía en la mano para presentarse: “Soy Alejandro Dolina, artista popular. Díscúlpeme que no lo atendí afuera, pero el contacto con la atmósfera me derrite la piel”. No atiné a contestarle, detenido en las sinuosidades de su rostro sobreoperado. “usted creerá que esto son cirugías, ¿no?.”, me preguntó. “.. se equivoca. Se trata de una verdadera picadura de avispa. Me dijo el prosecretario que usted tiene intenciones de desafiliarse, querido…” hizo una pausa para mirar una hoja, luego continuó “…Hadida… ¿es un apellido chipriota?”. 
“maltés” le conteste. 
“Que interesante. maltes y no peronista. ¿Pero Anti?”. 
“no, no. Solo pro-yo”. 
“Veo, un típico caso de los 90s. Individualismo puro”. 
“puede ser. Intento ser auténtico”. 

Hizo una pausa y respiró profundo, como si mi última frase le hubiera parecido una auténtica pelotudez. Reinició su discurso: “bueno, entiendo, pero ¿usted sabe que, habiendo nacido en Argentina, usted es peronista, quiera o no?. Aún renunciando a su patria lo seguiría siendo. Incluso tal vez más. Algunos lo llaman ´nostalgia peronista´. Uno se vuelve más peronista al estar lejos de su tierra. Así como hay albúferas en la fría Islandia, o las mariposas monarcas nacen en mesoamerica, en Argentina los peronistas surgen. Así como así, por generación espontánea. El contexto marca el destino, querido Hadida.”. 

Me sentí sin argumentos. De hecho, siempre sospeché que en mi interior soy un muchacho peronista. “En realidad, el día de las elecciones tengo examen de reiki y si falto no pasaré de cinturón”, fue el último intento que ensayé para convencerlo. Su rostro de pan de utilería pareció cambiar su expresión: “Usted me ha caído simpático. He leído con fruición cada uno de los volúmenes del ´Corto Maltés´, y por eso haré una salvedad, liberándolo de esa obligación cívica tan importante para todos los compatriotas.” Tomó un folio de una carpeta, borró mi nombre de una lista y luego la depositó en un tubo neumático. “listo” concluyó. “ahora puede retirarse y hacer su reiki tranquilo. ”Gracias” le contesté, mientras me encaminaba a la puerta de salida. “un momento” me interrumpió. “¿Leyó ´Crónicas del Angel Gris?”. “No” , mentí. Entonces sacó un ejemplar y me lo firmó personalmente. “Léalo y luego me dice lo que le pareció”. 

Apenas salí de la unidad básica, fui a un local de saldos y vendí el libro por 8 pesos. Ya lo había leído hace más de diez años, y me había parecido una mezcla aberrante entre Fontanarrosa y Leopoldo Marechal, pero con la moralina de Sábato. 
Pero hay cosas que no se dicen. Una cuestión de lealtad, ¿comprenden?

Divina justicia

Batman y Robin ganandose la vida como cantantes callejeros.

Y un día, Dios se acuerda de que había creado al mundo. Porque aunque parezca tan todopoderoso, Dios sufre de ausencias, lapsus y lagunas mentales. Es que, cuando creó el tiempo, creó el recuerdo, y con él, también inventó el olvido. Dios, que es la unica criatura no creada, cayó en la paradoja que implica al creador y su criatura en una relación de interdependencia. Así se debatía el demiurgo entre la soledad sempiterna y la caravana vertiginosa del convivir. Pero todo aquel que alguna vez habló con él, sabe que gusta de bajar disfrazado de paloma, que tiene oídos y que le encantan las historias.

Por lo tanto, para que las historias tengan sentido, Diós debió olvidar los finales. Es que toda esta intrincada cuestión de crear el tiempo lo había llevado a ver las faltas y ausencias como la clave de la vida. Por lo tanto, sin carencia no nace el amor, sin guerra no es posible construir la paz, y en fin, Dios estableció, basado en su experiencia de aburrimiento sempiterno y su embole sub especie aeternitatis, que la imperfección es el motor de la existencia; motivo por el cual los humanos nos equivocamos tanto, porque la vida es un candoroso ensayo acerca de la muerte cuya firma nunca logramos plasmar. Es Dios quien mete el gancho cuando ya llegamos a la última página y queda claro que es él quien siempre se lleva todos los lauros, siendo autor absoluto de todo lo que tuvo y tendrá lugar.

Pero con la justicia le pasa algo raro. 

Para no aburrirrse Dios inventa el error, que es una de las esencias de la existencia humana. Y el error se convierte en la base de la justicia, el principio de las leyes y de los abogados. Durante siglos, la humanidad estuvo sujeta a las leyes de los hombres.
Pero luego vino un tiempo en el que aparecieron los superhéroes, seres poderosos pero vulnerables, que podían ofrecernos un atajo a la Justicia. Actuaban en paralelo, haciendo aquellas cosas que los mortales no podrían.  Así, aceleraban todos los procesos judiciales y también evitaban crímenes. Llegó un momento en que la eficacia de los superhéroes era tan demoledora, que no existía el terrorismo, ni los crímenes; ni siquiera era posible realizar acciones de protesta, ni piquetes, ni rebelarse al statusquo. El hampa desapareció de un tirón de la tierra, pues en cuanto un malechor comenzaba una fechoría, aparecía un superhéroe para interrumpirlo, empaquetarlo y mandarlo de un puntinazo a otro sistema solar. 
Pero también había injusticias invisibles a los ojos de los superhéroes. Ellos estaban comprometidos con un estilo de vida un poco tonto. Creían que los malos eran solo los que ejecutaban la maldad como si fuera siempre una causa eficiente, una mano ejecutora. Entonces eran incapaces de ver los monopolios, la censura, la sobreexplotación, el trabajo infantil, la agresión contra el medioambiente; los superhéroes habían dejado al mundo indefenso frente a las multinacionales y  el planeta se encontraba realmente peor que antes.
Llegó el día en que Dios despertó de una de sus siestas (que para nosotros duran mas que una era geológica) y se dio cuenta que algo raro pasaba en una de sus creaciones predilectas: la eliminación de los conflictos aparentes por mano de los superhéroes había provocado el final de la historia.
Dios, que mas que un coleccionista de embalzamados es un jardinero, gusta de contemplar el devenir de sus creaciones; entonces, eliminó los superpoderes de los superhéroes y restituyó la vieja injusticia, mucho más armoniosa y dinámica, proveedora de conflicots, utopías y sueños, que son los que realmente nos hacen caminar por la vida.

¿Y los héroes? A los héroes los mandó a trabajar a la plaza, a sacarse fotos de la mano de niños aburridos que para no llorar les compraron globos que a las pocas horas estarán desinflados. También algunos terminaron trabajando en Trenes de la Alegría, teniendo que soportar a solteronas que les tocaban el bulto con el pretexto de que habían tomado sidra y estaban descontroladas; otros acabaron trabajando como taxi-boys, porque los homosexuales los veian enfundados en esos calzones que usan los superhéroes y les ofrecían cualquier cantidad de plata por un poco de sexo.  
 Así  fue que la era de los superhéroes terminó de una forma penosa.

Hoy nos toca el turno a los sub-héroes.

El día que Miss.Wilkans dejó de llorar

todo empezo como un juego Todo empezó como un juego. Eran inocentes pero crueles, como cualquier broma infantil. Los anteojos de Miss. Wilkans nunca habían pasado desapercibidos por la mirada de niño alguno: eran grandes, cuadrados y de grueso carey. Sin dinero para cambiarlos, Miss.Wilkans había arreglado la patilla con un pedazo de cinta adhesiva blanca. Y que decir de su pelo: furiosos rizos rojos, eran tan indomables por la mañana que era necesario alisarlos y atarlos con una coleta que dejaba tras de sí un pompon que parecía un poodle haciendo bonzo. Tampoco su cuerpo era agraciado; cuando aprendieron triángulos, las alumnas llegaron a la conclusion que el de Miss.Wilkans parecía un rectangulo isosceles, por sus caderas grandes y su forma ladeada al caminar. Ninguna sabía que mucho tiempo atrás, Miss.Wilkans había sido abandonada por su prometido en el puerto de Fishguard. Se quedó esperando toda la noche con dos valijas y sus ahorros de cinco años. Su tristeza fue tanta que al día siguiente decidió partir de todas formas. Camino al lejano sur, soñó que el rojo de su pelo sería una atracción curiosa. Pero era el color de una superchería, y entre la respingada clase en que impartía lengua, el tono de la subversión. La última broma que soportó fue el disparador de su huída (Ver ilustración)
Promovida a escapar de este mundo llevándose lo mejor de él, le declaró su amor al portero Roque Aranda. Otorgóles Dios la bendición de la correspondencia, y con la fuerza viajera del corazón enamorado, una mañana se fugaron juntos hacia el sur. Ese día el St.Gabriel no abrio, pues no habia quien tuviera las llaves de sus puertas, y luego, no hubo clases, pues no habia otro profesor que tuviera las llaves del conocimiento como las tenía Mrs. Mary Wilkans de Aranda.